Las aguas del Aula, despedida

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Esa enorme hogaza, horneada ex profeso para la asignatura de “El agua y sus paisajes”, y una cesta de huevos duros, era el presente que cada año recibía en la salida de campo del Aula

 

Hace algo más de dos décadas (1999) que entré en contacto con la gran familia del Aula Permanente de Formación Abierta de la Universidad de Granada, más conocida como Aula de Mayores, o simplemente el Aula para este artículo. Al principio participaba como profesor invitado de cursos que impartían otros compañeros sobre medio ambiente o naturaleza. No fue hasta el curso 2002/03 cuando me incorporé como profesor responsable, con un curso denominado El agua en la Naturaleza. Como todos los docentes que hemos tenido la gran fortuna de pasar por ese Aula tan especial, quedé sorprendido y enriquecido por la experiencia. En las distintas sedes a las que acudí desde entonces, GranadaGuadix, Baza y Órgiva, encontré a “alumnos” de diferente extracción social, cultura y formación, pero cortados por un mismo patrón en respeto, educación e ilusión por socializar y continuar aprendiendo. Sobra decir, que fue infinitamente más lo que recibí de ellos, de sus diferentes ocupaciones y conocimientos profesionales, experiencias, opiniones o valores, que lo que pude enseñarles.

El objetivo del citado curso consistía en ofrecer una visión general de los distintos tipos de aguas que nos rodean en la vida cotidiana. Para empatizar con los grupos, adaptaba las clases a las aguas de la comarca de las sedes en cuestión, para lo que el recurso de la fotografía era indispensable. En los comentarios, valoraciones y sugerencias, manifestaban agradecimiento por las imágenes mostradas e interés porque les hablara más extensamente de «sus» aguas, de las que tenían más cerca afectiva y físicamente hablando. Y así fue como en el curso 2015/16 se puso en marcha una nueva asignatura, denominada El agua y sus paisajes. 

Alumnos del Aula de visita en la piscifactoría de truchas y esturiones de Riofrío (17 de mayo de 2018)

 

Aunque ya era consciente, el Aula era una caja continua de sorpresas. Los santuarios del agua que les enseñaba en fotos eran desconocidos para la mayoría, aunque en numerosas ocasiones hubieran oído hablar de ellos. Por el contrario, estaban puestos en vivencias, en etnografía, en cultura del agua, en la cotidianeidad de haber trasegado con ella desde niños. Había excelentes expertos en la historia de las aguas de Granada y sus pueblos, y en las de la Alhambra. Llegados a ese punto, me gustaba oírles referir historias, anécdotas, costumbres y curiosidades, que volcaba en una libreta de notas, que por supuesto conservo. Para los trabajos fin de curso, les proponía que me contarán vivencias y percepciones personales alrededor del agua. Y ahí descubrí algunos testimonios magníficos, auténticos incunables (algunos escritos a mano, con caligrafías de libro) que guardo como pequeñas joyas. Uno de aquellos trabajos dio lugar a un capítulo del libro Manantiales de Andalucía (artículo). Fue un pequeño homenaje a tantas historias acumuladas durante esos años. Eran historias reales, aunque a veces costara creerlas, precursoras de lo que terminaría siendo en 2012 el libro La Sierra del Agua, 80 viejas historias de Cazorla y Segura, de la Editorial Universidad de Granada, cuya última edición, la tercera (2018), se ha agotado estas Navidades pasadas. Un libro que se nutrió de testimonios sobre el agua de viejos serranos, habitantes de pueblos, aldeas y cortijadas de las sierras prebéticas de las provincias de Jaén, Albacete, Murcia y Granada.

Para comprender ese relativo desconocimiento del territorio mas alejado de sus domicilios, habría que recordar que se trataba de generaciones que vinieron al mundo en las décadas de la Guerra Civil y la Posguerra (hasta los años 50), en las que se viajaba muy poco, había necesidades perentorias, los tiempos de disfrute y ocio eran escasos, y tampoco existía el interés que hoy tenemos por el senderismo y el medio ambiente. Después, en la madurez, se irían abriendo sus posibilidades y desde entonces, algunos se habían convertido en impenitentes viajeros, y en ello andaban, matriculados en el Aula, recuperando el tiempo perdido, aprendiendo, viviendo… Lamentablemente, para muchas aguas de remotos rincones de montaña o de complicado acceso de las que les hablaba, las oportunidades ya habían pasado. Quedaban, eso sí, las evocadoras imágenes que proyectaba en la pantalla.

Como colofón del curso, hacíamos excursiones a algunos de los principales santuarios del agua de Granada, y por las encuestas sabía que aquellas jornadas al aire libre les encantaban. Fueron días inolvidables de camaradería junto a manantiales, ríos, acequias, lagunas, humedales y embalses. Todavía recuerdo (y los interesados imagino que también) el transito aventurero y titubeante por las pasarelas y el puente colgante del desfiladero del río Velillos, o el día que nos diluvió en las pasarelas del cañón del río Castril, o la visita a las entrañas de hormigón de las presas del Negratín, de Béznar y de Rules, o las degustaciones del agua salada de la Capuchina de Lanjarón, o los paseos por las acequias de la Alpujarra, por el humedal del Padul, por los nacimientos de Riofrío (con la sorpresa de ver por primera vez una piscifactoría de esturiones, con ejemplares de 40 kilos) y por otros tantos «paisajes del agua granadinos». Eran días en los que, cómo ellos mismos decían, se les olvidaba tomar las pastillas.  

Alumnos del Aula desgutando las aguas minero-medicinales de Lanjarón  (28 de mayo de 2003)

 

– “Oiga don Antonio (también me decían «profe», profesor o maestro), ¿dónde dice usted que están esas aguas picantes?, ¿y ese desfiladero tan estrecho?, ¿y esas lagunas?, ¿es verdad que están en Sierra Nevada?, uy, ¡que pena!, a la Sierra solo fui una vez que me llevaron los hijos a la estación de esquí”.

Ese era el tono general de los comentarios y preguntas que recibían bastantes de las imágenes que iba mostrando, a poco que el sitio estuviera un poco alejado de carreteras y lugares de paso. 

Alumnos del Aula bajo la alta presa del embalse del Negratín, que soporta un volumen de 500 hm3 de agua, dispuestos a visitar sus entrañas de hormigón, por cortesía de técnicos de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (25 de mayo de 2006)

Alumnos del Aula, un día de aguacero, en las pasarelas del cañón del río Castril (27 de mayo de 2004)

 

Despedida

Cuando se publique este articulillo, hará casi dos años (marzo de 2019) que se conmemoró el XXV aniversario de la creación del Aula Permanente de Formación Abierta de la Universidad de Granada, y apenas habrán hecho unos meses que me despedí del Aula (octubre de 2020). En este pasado curso, el maldito Covid vino a truncar planes, trabajos y, lo que es peor, vidas, con la necesidad de impartir por primera vez docencia no presencial en el Aula. Fue una experiencia triste y descafeinada, exenta del calor del contacto físico, Con la jubilación a las puertas, este curso 2020/21 no estaré en el Aula. Echaré de menos esa docencia, aunque hubiera sido de nuevo a través del ordenador. El inicio de cada curso era para mí una mezcla de ilusión y respeto, un reto en toda regla (ver artículo). Eran alumnos exigentes y especiales, que merecían el mejor de los oficios de cada uno de los docentes. Como he comentado, había bastante interacción, de forma que continuamente preguntaban, cuestionaban, corregían y enseñaban, y siempre me espoleaban a conocer cosas nuevas que enseñarles. Para ellos tenía esas libretas de notas rotuladas como “Mayores de Universidad”, con los teléfonos y contactos (y hasta perfiles de facebook) de muchos. Me quedan los gratos recuerdos, la satisfacción de los años vividos y los buenos amigos cosechados, que siguen teniendo detalles cariñosos, me ilustran o me acompañan al campo de vez en cuando.

Gracias y enhorabuena a la Universidad de Granada por continuar apoyando esta preciosa iniciativa, pese a las adversidades presupuestarias y, por si fuera poco, a las impuestas por el Covid. Gracias a los alumnos, de antes y de ahora, por su respeto, curiosidad y ganas de aprender y de vivir.

¡Hasta siempre!

 

Alumnos del Aula en las pasarelas y puente colgante del desfiladero del río Velillos (6 de mayo de 2016)

 

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