Lagunas de Sierra Nevada

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Cordón cimero de Sierra Nevada a occidente del pico Mulhacén (3.479 m), con dos buenas lagunas a la vista, la Mosca (o Mulhacén), a la derecha, y la Caldera, a la izquierda

El glaciarismo cuaternario de Sierra Nevada fue, en general, de baja intensidad, muy diferente en magnitudes y morfologías al que modeló, sin salirnos de Europa, los Pirineos o los Alpes. Además, unas últimas fases glaciares especialmente suaves dejaron en el relieve morfologías de retroceso a cotas elevadas. Esa es la razón por la cual las lagunas ocupan, en su mayoría, pequeñas cubetas de sobre-excavación cerca de la línea de cumbres. Esa singularidad les valió en el pasado el título de ser las más altas de Europa, si bien el retroceso de los glaciares alpinos y pirenaicos en las últimas décadas viene dejando al descubierto cubetas y lagunas a cotas cada vez más elevadas. Una evidencia más del calentamiento global.

Las lagunas de Sierra Nevada se localizan por encima de los 2.600 metros de altitud, dentro de una pequeña superficie (100 km2), en comparación con la del macizo montañoso (2.000 km2), entre los picos del Caballo, al oeste, y el Picón de Jérez, el este. La mayoría suelen ser de circo y abiertas, con emisario normalmente temporal, salvo unas pocas que lo conservan durante el estiaje. Las cerradas, endorreicas o sin emisario, son poco numerosas, pero muy singulares y llamativas. La mayoría de las lagunas se localizan en los circos superiores, unas pocas en valles laterales, mientras que  son escasas las de fondo de valle. Suelen ser bastante circulares, en respuesta a la ocupación de cubetas, si bien las hay alargadas por su localización en vasares, cunas o estratos (Laguna Larga), e incluso cuadradas (Laguna Cuadrada), en respuesta a condicionantes estructurales.


 Algunos tipos de lagunas de Sierra Nevada, A.- Lagunillo Misterioso (glaciar rocoso, abierto). B.- Laguna Hondera (de fondo de valle, abierta). C.- Laguna de la Mosca (de circo, abierta). D.- Laguna Larga (de circo, cerrada)

En línea con ese modesto glaciarismo de altura, las lagunas disponen de pequeñas cuencas vertientes, de escasa aportación y regulación hídrica. Los cuerpos de agua son de poca superficie y profundidad. Solo una treintena de ellas, las más grandes, ubicadas en los circos mayores, o las asentadas en las cubetas más profundas, hacen frente a los rigores estivales, manteniendo niveles y aliviaderos, según los casos. Muy importantes también son la existencia de flujos subterráneos, unas veces visibles en forma de nacimientos y arroyos, y otros ocultos o difusos a las mismas lagunas. Junto a las mayores o permanentes, en pleno deshielo son bastante numerosas las lagunillas, chancales y charcas que ocupan cubetas, depresiones, vaguadas, plataformas y rehoyas de la zona glaciar. Con escasos o nulos aportes subterráneos, de forma que una vez finalizado el deshielo se agotan con relativa rapidez.

La marcada asimetría de las vertientes norte y sur, y las diferentes exposiciones a la insolación, a los frentes de precipitación y a los vientos dominantes, dieron lugar en su momento a un amplio muestrario de lagunas de distinto tipo y comportamiento. Ello no es exclusivo de Sierra Nevada, pero ese mosaico lagunar es uno de sus atractivos. En los más suaves valles de la vertiente sur, y en especial en aquellos situados a resguardo de los “barredores” vientos de poniente, es donde se generó un modelado glaciar más intenso, reflejado hoy día en un mayor número y tamaño de lagunas. No ocurrió lo mismo en los valles de la vertiente norte, más cortos, abruptos y pendientes, si bien se dieron notables procesos glaciares en los valles del Dílar y del Guarnón.

De las 74 láminas de agua catalogadas hasta el momento (un número abierto de cara al futuro, tanto por exceso como por defecto), 48 se localizan en la vertiente mediterránea y 26 en la atlántica. Por valles, el de Trevélez cuenta con 23 lagunas, a los que siguen, con una representación muy similar, entre 11 y 13 lagunas, los del Genil, Poqueira, Dílar y Lanjarón. Como curiosidad, el valle del Dúrcal posee un único lagunillo, si bien este es sumamente bello y singular.

Localización de las 74 lagunas de Sierra Nevada (en “Lagunas de Sierra Nevada”, segunda edición, 2016)

Las lagunas catalogadas fueron incluidas como Zonas de Reserva en el Plan Rector de Uso y Gestión del Espacio Natural (BOJA, 2011), hasta entonces algunas no inventariadas y otras sin nombre. En una montaña tan meridional, marcada por áridos estiajes, especialmente en la zona de cumbres, las lagunas glaciares y sus praderías asociadas (“borreguiles” en el argot local) constituyen casi los únicos puntos de agua y zonas verdes disponibles. Alrededor de esos enclaves húmedos se concentra la ganadería y la fauna, amén de los montañeros y excursionistas que la recorren en verano. De este modo, el interés recreativo y senderista de las lagunas está al mismo nivel que el de los picos más emblemáticos, que requieren de mayores esfuerzos para alcanzarlos. Es difícil resaltar los enclaves más sobresalientes, pero el visitante no quedará defraudado si se acerca a conocer la Cañada de Siete Lagunas, en el valle del Trevélez, las lagunas del Lanjarón, las de la cara norte, entre los picos del Veleta y el Mulhacén, o las lagunas más recónditas de las Calderetas y Vacares, también en el Trevélez, sin contar con otras lagunas y lagunillas con bastante encanto, algunas localizadas en terrenos remotos y poco conocidas.

 Lagunillo de la Atalaya del Genil, citado por primera vez en 1993, uno de los más recónditos y menos conocidos. Dispone de unas vistas espectaculares sobre los colosos de Sierra Nevada, los picos Mulhacén (3.479 m), al fodo, y Alcazaba (3.364 m). Portada del libro “Sierra Nevada, sus lagunas más bellas” (2016)

El grado de conservación de las lagunas de Sierra Nevada es bueno, con un nivel de amenazas e impactos antrópicos aún bajo o moderado. Aunque pudiera entenderse por su situación de alta montaña que son sistemas vírgenes e inalterados, la realidad es que desde la antigüedad han venido estando sometidos a cierto manejo por pastores y labradores. Las lagunas han sido utilizadas como reservorios regulatorios, aparte de que en sus entornos se han practicado “siembras” de aguas para “cosecha” de pastizales y surgencias a cotas más bajas. En siglos pasados, algunas de ellas fueron objeto de intentos de regulación. La única represada actualmente es la de las Yeguas (1976). Los procesos de eutrofización estivales son notables en ciertas localizaciones por deshechos del ganado y cabras monteses que pastan en cuencos y orillas. Más recientemente, el auge del montañismo, en especial desde la declaración de la montaña como Parque Nacional, representa una cierta amenaza para ecosistemas tan frágiles y vulnerables. Sobre todo, por erosión de pastizales (pisoteos), remoción de fondos y contaminación de las aguas, pese a que está prohibido el vivaqueo en sus praderas, el lavado de enseres, los vertidos y el baño.

En cualquier caso, las amenazas más preocupantes a medio y largo plazo están relacionadas con la dinámica impuesta por el calentamiento global. De este modo, cada vez son más intensos y adelantados los agotamientos estivales por disminución de nevadas e incremento de la evapotranspiración. En relación con la disminución y duración de la capa nival, están aumentando también los procesos de crioclastia y arroyamientos pluviales, con consecuencias directas en una mayor tasa de sedimentación en sus cuencos. Con aguas más someras y cálidas, se incrementan asimismo los procesos de eutrofización y de progradación de los pastizales anulares, un proceso que podría denominarse “borreguilización”. En cualquier caso, estos procesos propios de periodos cálidos vienen sucediéndose desde el último periodo glacial, ahora de nuevo reactivados, quizás a mayor velocidad.

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