Ríos embovedados (de vegetación)

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Muy de tarde en tarde regreso a los modestos ríos que fueron paisajes del agua de mi infancia y juventud en Granada. Y lo que veo me entristece. Ya lo he comentado otras veces, los encuentro escuchimizados de caudal y más pobres en calidad (menor poder de dilución), con menos fauna acuática y hombres que los transiten. Esto de los hombres quizás pueda sorprender a más de uno, que entienda que esa debería ser, precisamente, una buena noticia para la recuperación de los ecosistemas acuáticos y de sus paisajes. Pero no siempre es así, porque todos nuestros paisajes son culturales, y especialmente los de los ríos, que deben al hombre muchos de sus valores patrimoniales e históricos. Ya no veo pastores, ni labradores, ni leñadores, ni molineros, ni arrieros, oficios que se llevaron irremisiblemente los tiempos, como señal del incremento de la calidad de vida, de la modernidad y del progreso. Tampoco me cruzo con pescadores, que hasta estos últimos han desaparecido prácticamente, y con ellos las veredas que entraban y salían del río, sobre todo, a las grandes pozas. Con estos últimos hemos perdido unos magníficos vigilantes y defensores de los ríos. En sustitución de esas gentes que antaño vivían en comunión con los ríos, que los protegían y querían, uno se tropieza hoy día con una zafia civilización urbanita, con depuradoras que han concentrado los vertidos a la orilla del agua, y que son letales, aunque debieran ser lo contrario (algún día les hablaré de estos nuevos focos de contaminación), con ocupaciones ilegales y «casas de aperos» (chamizos y chales de fin de semana), con presas, azudes, derivaciones, tuberías, mangueras, encauzamientos y mil infraestructuras de diferente tipo que embridan y domestican a los cauces, sin faltar, cancelas y cercas que cercenan el paso de incautos senderistas que buscan la siempre grata compañía de las riberas fluviales (son zonas de Dominio Público Hidráulico), donde antes el tránsito por veredas era fácil, cotidiano y libre.

Pero no era de nada de esto en concreto de lo que quería hablarles, o quizás si, porque, pensándolo bien todo está estrechamente relacionado con lo que les voy a contar. Verán. Cuando hoy vemos interrumpido nuestro paseo fluvial por barreras artificiales y por la pérdida de las veredas de toda la vida, comprobamos, con  desazón, que progresar «agua a través» por los ríos y arroyos del sur peninsular (normalmente de modesto caudal) resulta igualmente imposible. Un auténtico túnel o embovedado, no de hormigón, sino de celulosa, una espinosa y tupida maraña vegetal, que en mis tiempos de infante no era tan densa, nos cierra el paso. Enormes zarzales y un laberinto de raíces, troncos muertos y brozas se han adueñado del cauce y convertido hoy en la más eficiente de las barreras para muchos de nuestros ríos, con la excepción de los no regulados (apenas existen en el sur) y de los de alta montaña. Es el proceso que he llamado «tunelización», emboscamiento, matorralización o embovedado vegetal.

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Debajo de esa tupida maraña de zarzas circula un pequeño río, que a duras se deja entrever por  los tímidos reflejos del agua (río Darro, Granada)

 

No sé. A bote pronto me sorprendo de mis sentimientos, que ya saben son incontrolables, porque uno debiera estar feliz ante tanta exuberancia vegetal, por hallarnos ante «serpientes» verdes que se deslizan sinuosas entre tantas extensiones agrícolas, yermas o urbanizadas. Pero lo que uno siente no suele estar filtrado (o a lo mejor sí) por la razón, y lo que siento es pena. No puedo remediarlo. Aunque oigo el rumor del agua, apenas la puedo contemplar, ni tocar. Mucho menos acompañarla, para ver sus tablas, sus pozas, sus recodos, sus rápidos, sus sobacas, sus saltos y cascadas. De mi etapa de pescador, cierro los ojos y todavía logro recordar cómo eran muchos tramos de ríos por dentro. Ahora, al verme obligado a retirarme forzosamente de la vera del río, pienso que los paisajes fluviales perviven en nuestros afectos sólo si pueden ser contemplados, como todo en la vida. Y ese embovedado vegetal (no confundir con la ribera arbustiva y arbórea) de los pequeños ríos nos está aislando del uso, conocimiento, vigilancia y, a la postre, del afecto y conservación que debiéramos profesar por ellos. «Ojos que no ven, corazón que no siente», dice un sabio adagio, que viene bien aquí.

Mientras voy dando forma a estas líneas, en el laberinto de mis recuerdos se me aparece aquella honda poza donde de niño compartía aficiones al baño y a la pesca con los chiquillos de la cortijada del Tejar (¡cuanto me enseñaron!). ¿Seguirán siendo verdes, profundas y opacas las aguas junto al gran peñón que servía de trampolín de nuestros baños infantiles? ¿Seguirán estando allí aquellos barbos negros y vigorosos que habitaban las misteriosas aguas? Me temo que no, pero ¿cómo saberlo?  ¡Ojo!, y que nadie interprete que estoy sugiriendo talar las riberas para ver el agua. ¡Nada más disparatado y lejos de mis aprecios y de mis modestos conocimientos científicos!. Los ríos son consustanciales con el agua, claro está, pero también con la vegetación de ribera que los acompaña. Lo único que pido es equilibrio, naturalidad, y lo que veo no es del todo natural, aunque, ya digo, a primera vista pudiera parecerlo.

¿Y qué es, entonces- se preguntarán ustedes- lo que ha pasado de unos años a esta parte para que los pequeños ríos regulados del sur peninsular se hayan convertido en túneles casi impenetrables? Cómo suele ocurrir, las causas han sido múltiples, aunque la primera y fundamental tiene que ver con la intensa sobre-regulación y sobre-explotación a la que los hemos sometido para atender a los abastecimientos y, sobre todo, al incremento brutal de las superficies de regadío. Progresivamente, casi sin darnos cuenta, nuestros modestos ríos se han llenado de barreras viarias, construcciones, embalses, presas, saltos hidroeléctricos y derivaciones varias. La explotación de las aguas subterráneas (que afecta a los caudales de base de los ríos) y los embalses han sido claves para garantizar los abastecimientos, regular y laminar avenidas, pero también han tenido efectos adversos. Uno de ellos es este que les cuento del embovedado vegetal, muy relacionado con los caudales y las riadas, hoy días minimizadas por la regulación, de forma que ese eficaz trabajo natural que ejercían los ríos para desembarazarse periódicamente de vegetación, basuras y troncos muertos que los asfixiaban cada cierto tiempo, ahora tendría que hacerlo el hombre a sus expensas. Y ese trabajo de desbroce o limpia es inabordable en los miles de kilómetros de cauces (ramblas, barrancos y ríos) que tenemos. Aparte, de que esas labores de limpieza requieren de un exquisito tratamiento ambiental, de forma que, sin asesoramiento, es fácil que deriven en malas praxis y abusos. De esta forma, los ríos y sus riberas han dejado en la práctica de manejarse y las riadas, por ser más escasas y encontrarse con más obstáculos, están ganando en virulencia y poder destructivo sobre redes viarias, viviendas y cultivos.

Muy evidente es lo que está ocurriendo en los domesticados tramos fluviales que se encuentran aguas abajo de los embalses, con crecidas esporádicas y atenuadas, donde las riberas se vienen convirtiendo en auténticas malezas, sin las avenidas que antaño desbrozaban e inundaban vegas para fertilizarlas y acrecentarlas con limos y arcillas organógenas.  A otra escala, la drástica disminución del pastoreo, y el abandono de recogida de leñas para cocinas y chimeneas, ha contribuido también a que este proceso de emboscamiento haya tapado cauces y ríos. Con caudales fluyentes bajos (en verano, muy disminuidos), los efluentes máximos de las depuradoras de aguas residuales, han disparado las concentraciones de nutrientes, lo que está espoleando el crecimiento descontrolado de arboledas y malezas, que simplemente se aprovechan de los nutrientes regalados, haciendo de generosos filtros verdes depuradores. Y, para rematar este disloque en cadena, ya lo he dicho, los ríos llevan años sin usarse por ribereños y pescadores, que eran quienes, en última instancia, mantenían sus senderos limpios y en uso. Y hay más causas de esta «tunelización» de ríos, arroyos y barrancos.

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Muchos ríos los suponemos por las densas riberas que los acompañan, mimbreras y zarzales en este caso, pero no los vemos (río del Tocón, Granada)

 

Me basta, de tarde en tarde, como decía al principio, con acercarme a los tramos fluviales donde antaño mojaba mis cucharillas tras las truchas, para comprobar que, al acceder dificultosamente al agua, hoy día estos señuelos no podrían volar por escasez de caudal y por exceso de vegetación. Frecuentes tapones y presas de palos, ramas y basuras impiden en numerosas ocasiones, además, el paso a la fauna piscícola. Y si uno tiene la fortuna de tropezarse con un viejo ribereño, le contará que antes ese tramo del río hoy emboscado era el patio del colegio de cortijadas y pueblos, donde los niños iban a jugar y a bañarse en verano en improvisadas represas de guijarros, o donde los mayores se tomaban la tortilla mientras ponían a remojo tomates, frutas y bebidas. Esas antiguas playas naturales son hoy espesuras donde campan a sus anchas los jabalíes y donde apenas circula el agua en verano, porque la poca que fluye es cargada por acequias para el regadío al llegar a los pueblos.

En definitiva, lo que ha pasado en estas últimas décadas mis sentidos y mi razón no lo perciben como natural, ni tampoco como beneficioso para los ecosistemas fluviales, ni en última instancia para el hombre. Para mí, estos embovedados o túneles de vegetación restan luz y biodiversidad acuática, aparte de riqueza paisajística y caudal.  Por último, ya lo he dicho, estos ríos esmirriados de caudales aparentemente inofensivos ofrecen falsas seguridades, de forma que despreciamos su poder destructivo, nos confiamos y ocupamos sus antiguos dominios. Y cuando de forma excepcional llega una riada, el arrastre de malezas y troncos, acumulados después de tanto tiempo, origina represas,  tapona puentes y genera olas de avenidas destructivas al romperse las represas. Nada que no se sepa.

En fin, solo intento exponer lo que creo que pasa, las soluciones no son nada fáciles, ni pueden contentar a todo el mundo. ¿Qué hacer? Pues seguramente habrá que ir a soluciones mixtas. Allí donde haya problemas endémicos de inundaciones catastróficas o potencialmente destructivas (cascos de ciudades y pueblos) habrá que intervenir en los cauces de forma preventiva y respetuosa. Y para esos casos también, pero sobre todo para el resto de la inabarcable red de drenaje existente, habrá que ir trabajando en minimizar daños, haciendo puentes más seguros, sustituyéndolos por badenes cuando sea posible, modificando infraestructuras que dificulten la evacuación de las aguas, no construyendo en las áreas inundables (vital) y asegurando instalaciones y cosechas.  Habrá quién tenga otras soluciones, bienvenidas sean, y muchos que piensan que lo mejor es  no hacer nada.

Cómo no hay bien que por mal no venga, estas malezas fluviales se han convertido en refugios y corredores verdes de fauna, interconectando territorios distantes y aislados entre vastas superficies cultivadas, yermas o construidas. Numerosas aves, jabalíes sobre todo, algunos lobos y unos pocos linces (en el sur peninsular), son algunos de esos animales que se han beneficiado de estas autovías verdes, tranquilas y ocultas a las miradas y al incordio de los hombres.

Pero, pensándolo bien, ¿será tan beneficioso que los jabalíes se hayan adueñado descaradamente de estos setos fluviales, que alcancen grandes distancias y que se expandan velozmente, colonizando nuevos territorios, donde depredan nidos, camadas y cultivos?

Como se ve,  he querido mostrarles que cualquier acción del hombre en la naturaleza acarrea siempre un  rosario de consecuencias positivas y negativas, una sucesión de claroscuros que no todo el mundo percibe, aprecia, ni quiere remediar de la misma forma.

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