Las “cuevas de las piedras del agua” en la Sierra del Agua

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Hace unos días escribí en este mismo blog un artículo sobre “las cuevas del agua” de los prehistóricos de la Sierra del Agua (sierras de Cazorla, Segura y aledañas, un macizo montañoso de 650.000 hectáreas). En él expuse que una sierra caliza como aquella, abundante en caza, pesca, pastos, bosques y aguas, de ahí su nombre, pero también en farallones, cortados, abrigos y cuevas, fue un buen territorio para la ocupación humana desde tiempos inmemoriales hasta prácticamente nuestros días. Porque, aunque pueda parecer mentira, hace apenas 60 años aún quedaban cuevas y abrigos habitados en estas salvajes montañas del sureste peninsular (en las provincias de Jaén, Albacete, Murcia y Granada).

Cuevas naturales más o menos acondicionadas con muros que cerraban bocas o levantaban divisiones internas, y otras directamente labradas en materiales relativamente blandos, fueron el hogar de cazadores paleolíticos de hace como poco 1 millón de años. Las primitivas eran sobre todo las “cuevas del agua” del artículo citado, cavidades kársticas originadas por disolución de las rocas calizas y con agua de ríos y manantiales en sus inmediaciones, o incluso en la misma cueva. La abundancia en aguas, como es de suponer, era cuestión muy apreciada para los asentamientos, aparte de por su condición de elemento de primera necesidad, por su relación directa con la abundancia en caza y pesca. Pero quizás poca gente caiga en la cuenta que la presencia del agua (y de corrientes de aire) realzaba el efecto termorregulador propio de cualquier cueva, ofreciendo a los hogares mayor calidez en invierno y frescor en verano. Es la energía geotérmica tan en boga ahora mismo en viviendas modernas, con circulaciones subterráneas de agua o aire.

Esas primitivas “cuevas del agua”, ocupadas de forma permanente, o más habitualmente como refugios temporales de cazadores y pastores, muchas decoradas con pinturas, compiten como hogares con otras cuevas diferentes, también relacionadas con el agua. Son las que he denominado en este caso, para distinguirlas de las anteriores, como las “cuevas de las piedras del agua”. Dos tipos de cuevas habitadas desde la Prehistoria, pero muy diferentes en su génesis y tipologías, si bien relacionadas directamente con el agua, como he querido dejar claro por los nombres dados.

Si uno recorre la Sierra del Agua, se tropezará con relativa frecuencia con singulares morfologías rocosas llanas, en “mesas”, “tablas” o “coladas”, constituidas por travertinos o tobas. Se trata de rocas muy características y fáciles de identificar, formadas por precipitación del carbonato cálcico disuelto en el agua, normalmente de manantiales, ríos y arroyos. Así pues, la presencia de este tipo de rocas, indica necesariamente que allí hay o hubo agua. Cuando el agua sigue presente, se dice que el travertino está activo o vivo, o también que está tierno, crudo o verde. Su aspecto húmedo o goteante lo delata. Sin embargo, en otras ocasiones descubriremos travertinos antiguos, inactivos, secos, duros, fosilizados, sin rastro alguno del agua que los formó. Son reliquias de un pasado en el que el agua fluía por donde ahora encontramos esas piedras secas. Es lo que llamamos paleotravertinos, muy interesantes en ciencia para conocer el clima, la fauna y la flora de tiempos pasados, cuyas dataciones se realizan por el método del carbono 14 de los abundantes restos orgánicos animales y vegetales atrapados y conservados por calcificación en la roca. En general, la causa más frecuente de la inactivación de los travertinos se debe al encajamiento de la red fluvial o al descenso de los niveles freáticos, en cuyo caso, tanto el flujo de ríos como de manantiales se produce a cotas más bajas. Por esa razón, es frecuente encontrar a los paleotravertinos “colgados” en las laderas, al tiempo que las aguas que los formaron fluyen ahora más abajo.

Detalle de un travertino inactivo o seco. Aunque su aspecto poroso da a entender una buena permeabilidad, esta se halla muy mermada por procesos de calcificación de los antiguos conductos

Detalle de una “mesa” o “colada” de paleotravertino colgada en la ladera de una montaña (A.M. Sánchez García, proyecto “Conoce tus Fuentes”)

 

Pues bien, todo lo anterior viene a cuento del porqué de las buenas condiciones de habitabilidad de las cuevas labradas bajo las “mesas” de travertinos fósiles o paleotravertinos. Su geometría horizontal, que hacía de cubierta o techumbre, su relativamente fácil talla, así como la de sus substratos, en muchas ocasiones niveles margosos o arcillosos impermeables (origen de la presencia de los primitivos manantiales), hicieron de estos afloramientos un lugar especialmente idóneo para la construcción de habitáculos, refugios, tinadas y hogares. En esencia, es lo mismo que hicieron siempre los animales salvajes que excavaban sus sesteaderos, abrigos y madrigueras en la base de estas “mesas” rocosas, ya de por sí erosionadas diferencialmente en muchos casos, ofreciendo abrigose incluso pequeñas oquedades naturales. Fueron rocas apreciadas también por el hombre de todos los tiempos como canteras de las que abastecerse para materiales de construcción. De estos afloramientos de tobas o travertinos se extraían bloques de fácil canteo, ligeros al mismo tiempo, para levantar muros de albarradas, de puentes y viviendas, o que transportaban incluso a grandes distancias para su empleo en construcciones señoriales o monumentales.

Otras tipologías de cuevas similares fueron las excavadas siempre en la base de niveles duros de conglomerados cementados, de areniscas calcáreas o de capas de caliches o de niveles de exudación en barranqueras y laderas de las depresiones detríticas postorogénicas de los contornos de la Sierra del Agua.

El uso de este tipo de cuevas y abrigos se generaliza cuando los hombres empiezan a disponer de herramientas adecuadas para excavar y labrar los travertinos. Quizás sobre todo a partir de la Edad de los Metales, hace ahora unos 5.000 años en el sureste peninsular. Una edad bastante reciente en la historia de la Humanidad, de forma que cuando hoy día nos postramos frente a la entrada de una de estas cuevas, la sensación que tenemos es la de que los hombres las abandonaron hace poco tiempo. Ello se debe fundamentalmente a que independientemente de la edad de su primera ocupación, estos hogares trogloditas fueron reutilizados por los sucesivos pueblos de pastores y agricultores que habitaron los mismos territorios. En la Sierra del Agua muchas de estas cuevas estuvieron habitadas hasta el gran éxodo rural de los años 60 del siglo pasado, de forma que aún quedan personas vivas que nacieron o se criaron en ellas. Después llegaría el vacío de la Sierra, y el abandono y ruina de las cuevas y tinadas, y de sus demás elementos etnográficos más significativos (eras, hornos, caleras, pegueras, fuentes, albercas, regueras, albarradas, huertas, etc.).

Como humilde ejemplo de uno de estos grupos de cuevas, me gustaría hablarles para terminar de un solitario asentamiento perdido en un salvaje barranco. El lugar no es ningún secreto, y algunos imaginarán cual es por lo que diga, pero mejor dejarlo ahí. Para mí, estos lugares donde nació, vivió y murió tanta gente son sagrados, y contemplarlos con respeto y devoción es tan obligada como si de un templo de culto se tratara, como tributo a la durísima forma de vida de nuestros antepasados en estas sierras.

Fue en las horas centrales de un caluroso día de verano de chicharras y sopor en mitad de la sierra de Segura, cuando vino a buscarme mi amigo Pedro, un enamorado de la Sierra del Agua. Quería que me aconsejara unas pozas de gélidas aguas donde sobrellevar el hueco de aquel día de calorina. Tras dudar, directamente me dijo, “te voy a enseñar un sitio que te va a gustar más”. No pregunté, sabía por experiencias anteriores que no me defraudaría. Y así fue como al poco me encontré junto a unas antiguas calvas, salpicadas por árboles frutales, en mitad de un apretado y joven pinar. Era evidente que allí cerca vivió gente. Pedro me dejó deambular. Lo más normal es que los pobladores hubieran vivido en cortijos, cuyas ruinas esperaba encontrar de un momento a otro, pero lo que vi fue una “mesa” de paleotravertinos, que escondía a su traspuesta varias cuevas. Estaban labradas en su totalidad en toba, y en su interior se distinguían cuartos, chimeneas, respiraderos, huecos, vasares, alhacenas y ventanas, e incluso columnas cuando las superficies excavadas eran amplias. El abundante material extraído había sido reutilizado para levantar muros exteriores, algunas veces aprovechando laterales excavados en la toba, en lo que parecían ser apriscos o tinadas de ganado. Una orientación solana y una topografía en vaguada relativamente afable, fácil de aparatar (con albarradas de toba seca, como no podía ser de otra forma) y cultivar, indicaban las buenas condiciones del asentamiento en cuestión.

Alrededor se desparramaba entre romeros y pinos un salpiqueo de olivas, higueras, granados, perales, almendros, cerezos y nogueras, que resistían milagrosamente y a duras penas, sin los mimos que antaño les profesaban los moradores de aquellas laderas. Descubrir lo demás ya solo era cuestión de aplicarse. En la cabeza de las paratas en media luna se hallaba el manantial, del que partía la red hidráulica, imprescindible para explicar cualquier asentamiento humano. Como todo, el agua estaba comida por zarzas y juncos, y creí entender que el caudal había mermado enormemente, y más tratándose de un año tan lluvioso como el actual (2018). Si no, ¿cómo explicar las balsas terreras aledañas, la larga red de regueras a suelo desnudo y la aceptable superficie de riego dominada por gravedad aguas abajo del manantial.

Olivos, higueras y nogueras,  árboles  rústicos y generosos de la cultura mediterránea, abandonados en mitad de un denso pinar. Su presencia en un enclavado abandonado es señal de antiguas ocupaciones 

 

Haciendo círculos concéntricos alrededor de las cuevas me tropecé con otros elementos antaño indispensables para la subsistencia. La era, donde se trillaba y aventaba el grano, excavada en la ladera. También estaban la peguera, la mielera y el horno del pan. Pedro me iba explicando cómo funcionaba cada elemento, y me llevó a ver la calera, que estaba más retirada y fuera de vistas.

Sudando a chorros, pero satisfecho, abandoné el lugar con sensaciones contrapuestas. Por un lado con pena por la ruina, olvido, soledad y silencio (roto por ruidosas chicharras) que reinaban en el lugar, pero al mismo tiempo con alegría al reconocer que ese durísimo modo de vida pasó a la historia. Que los hijos y nietos de los últimos habitantes de aquellas cuevas incrustadas en lo más profundo de las montañas, viven hoy en una digna casa de pueblo o de ciudad, con todas las comodidades de la vida moderna a su alcance.

Por una de las antiguas veredas de arriería que comunicaban estas cuevas con otras cuevas, chozas y cortijadas próximas desparramadas por la ladera, hoy casi perdida como todo, me dio por pensar que a lo mejor dentro de algunos millones de años (o mucho antes) seres dotados de inteligencia y sentimientos vuelven a ocupar estas cuevas. No sé, la vida es cíclica e impredecible y no tiene “prisa” y tiempo habrá de sobra. ¿Quién sabe?, puede que haya otra vez.

 

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