La segunda desecación del campo español, ahora el turno de manantiales y ríos

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El panorama de tramos de ríos secos en verano empieza a ser habitual en Andalucía

 

Lo que se dice en este articulillo no es agradable de leer, pero si quieren seguimos mirando para otro lado. Nuestros manantiales y ríos se secan. Este verano de 2015 he recorrido buena parte de Andalucía haciendo un documental de sus ríos. Qué quieren que les diga, que me ha entristecido lo visto. Muchos «ríos» los he encontrado completamente secos, otros apenas con un mísero caudal, en demasiadas ocasiones de aguas residuales, y sólo unos pocos, muy pocos, relativamente aceptables. Les propongo un experimento. Si van de copilotos, asómense por la ventanilla del coche cuando un cartel de carretera les avise que están a punto de atravesar el puente de un río. La mayoría de las veces se preguntarán ¿dónde está?. Y la pena es que nos estamos acostumbrando resignadamente a verlos así, como canales secos que sólo llevan agua en épocas de lluvias (o ni eso) y no como auténticos ríos (aguas permanentes). No se dejen confundir con los efímeros episodios de riadas, desbordamientos e inundaciones, habituales en el clima mediterráneo. Este proceso de desecación de nuestros ríos es notorio y progresivo, y está siendo motivo de numerosos artículos científicos, de divulgación y de opinión. Con éste, sumo uno más a la lista, en lo que he dado en llamar la segunda desecación del campo español. La primera fue la de los humedales a principios del siglo XX, que vino de la mano de zanjas y canales. Esta segunda es más compleja, y en ella tienen que ver tanto los represamientos y derivaciones abusivas de los ríos (con poco respeto hacia los caudales ecológicos), como la sobreexplotación de aguas subterráneas, con el efecto añadido del calentamiento global. Fundamentalmente, lo que les está ocurriendo a los ríos es que estamos secando sus nacimientos, los únicos aportes que los mantienen vivos durante los estiajes del clima mediterráneo (ver El árbol y el río).

Muchos de ustedes habrán oído hablar de la Ley Cambó, en honor al ministro que en 1918 la hizo posible. Fue la ley que promovió la desecación de los humedales españoles a través de todo tipo de facilidades, incluido el acceso a la propiedad de la tierra «recuperada». Hay que recordar que eran tiempos en los que apenas existía sensibilidad alguna por el medio ambiente, con limitados conocimientos de ecología. Así pues, no podemos enjuiciar esa ley con los condicionantes actuales. A la par que se ganaron terrenos para la agricultura, hubo una irreparable pérdida ambiental. Humedales había entonces muchos en España, a criterio de los agricultores demasiados terrenos estériles e improductivos cubiertos de agua, juncos y cañas, sino fuera, si acaso, por las cacerías de acuáticas que se llevaban a cabo en los más importantes. Vaguadas, depresiones, hoyas, navas, vegas, llanuras aluviales, deltas, etc. se encharcaban frecuentemente merced a aportes subterráneos, entonces abundantes y a flor de tierra en amplias zonas. Terrenos llanos, afables y fértiles demasiado húmedos en los que no se podía cultivar y sacar provecho alguno. Áreas además que impedían el paso o se consideraban insalubres y foco de infecciones para las poblaciones próximas. Para todos esos terrenos húmedos vino la «benefactora» ley a incentivar el drenaje y sangrado, la desecación en definitiva. No obstante, la riqueza de aguas era tal (hay que tener en cuenta que el regadío estaba entonces en mantillas, con una explotación por sondeos de aguas subterráneas apenas inexistente), que aún quedaron diseminadas y desperdigadas infinidad de zonas húmedas, que siguieron dando cobijo y alimento a la fauna silvestre.

Y en esas hemos permanecido hasta que una nueva ley, esta no escrita (pero que va contra la europea Directiva Marco del Agua), se ha empeñado en los últimos decenios, con poca oposición social, en llevar a cabo una segunda desecación a gran escala del campo español (sobre todo en las áreas insulares y en el sur y este peninsular). Me refiero a la seca de manantiales y ríos a través del descontrol y abuso en la extracción de aguas subterráneas, especialmente para nuevos regadíos. Soy hidrogeólogo, y defiendo la (buena) utilización de estas valiosas aguas ocultas, pero siempre bajo el principio sagrado de una explotación sostenible económica y ambiental. Pero no. Llevamos demasiado tiempo aplicado, con la pasividad de las autoridades competentes, en extender el regadío mientras haya aguas subterráneas al alcance, aunque estén bien profundas y los niveles no se mantengan. Y claro, como era previsible, en enormes extensiones, especialmente de zonas agrícolas y bordes de sierras, hemos deshidratado la tierra, de forma que en ella ha dejado de manar el agua de forma natural (o está en ello), y manantiales, arroyos y ríos, por ese orden, vienen secándose en cadena. Y todo a una velocidad que da miedo, a ojos vista de muchas gentes mayores del campo, a las que se les saltan las lágrimas cuando recuerdan y echan la vista atrás a las aguas que conocieron y a las (irreconocibles, por escasas) que les están dejando a sus nietos.

Mientras, muchos se consuelan haciéndonos creer que la culpa de este desaguisado la tiene sobre todo el cambio climático, esas pertinaces (un adjetivo que ya se usaba en época de Franco) sequías que nos asolan. Un viejo recurso ese de la humanidad de no asumir culpa directa alguna, buscando en descargo un chivo expiatorio externo, a ser posible impuesto por las circunstancias. Por supuesto que el calentamiento global (disminución de nevadas, y aumento de la temperatura y la evapotranspiración) está influyendo en el agotamiento de nuestros ríos y nacimientos, pero no tanto, ni tan deprisa, como lo están provocando las retenciones, derivaciones y bombeos ilegales o insostenibles que campan a sus anchas por España. Y en todo esto, que quede bien claro, no echo la culpa a los agricultores y demás usuarios del agua, que se aprovechan de la situación, cuando no son ellos mismos víctimas del desgobierno hídrico, que los han empujado a entrar en esta carrera depredadora y perforadora al secárseles sus fuentes de suministro por culpa de otros. Un circulo pernicioso, que, una vez desencadenado, es muy difícil de parar.

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El regadío con aguas subterráneas, aunque éste sea eficiente, será insostenible a medio-largo plazo en amplias zonas del sureste español, donde la recarga pluviométrica es demasiado escasa

 

Como todo proceso de desecación, y si nadie lo remedia, será progresivo y llevará tiempo. Aún quedarán a salvo reductos especialmente húmedos, zonas de montaña, espacios protegidos, o grandes nacimientos y ríos, a los que no afectarán tan directamente los bombeos, sino otras causas, entre ellas, ahí sí, el cambio climático antes aludido. No obstante, me temo que la especulación del agua por su alto valor económico y las imperiosas necesidades de conseguirla, harán que nos vayamos arrimando a esos territorios «vírgenes» poco a poco. ¿Qué será de la vida en esas extensas áreas donde ya no corre agua limpia durante los largos estiajes, salvo si acaso la que sale por goteros o aspersores, o la que se almacena en grandes balsas de riego? ¿Qué será de mamíferos, aves, abejas o anfibios?

A finales de la década de los 70 del siglo pasado, Miguel Delibes, aquél escritor y cazador que defendía el mundo rural de su querida Castilla La Vieja, vaticinó la desaparición de la perdiz roja y de la codorniz de Castilla. Nadie le hizo caso, entre otras cosas porque los remedios iban en contra del «progreso» agrícola, y también porque aquellos pájaros (indicadores de otros profundos cambios en el medio ambiente) servían para poco, que no fuera para la diversión de la caza. Delibes llevó (desgraciadamente) razón. Esta segunda desecación del campo español que numerosos expertos están vaticinando arrastrará igualmente  consigo la desaparición de otras especies animales. Veremos a ver si éstas también sirven para poco.

No saben ustedes lo que siento ser portador de malos augurios. Pero no los puedo olvidar ni silenciar. Más me entristece a mí ver como las aguas de manantiales, arroyos y ríos, y la vida que de ellas depende, nos van abandonando de nuestros campos a pasos agigantados.

 

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