El silencio de la ausencia. Fuentes que se secan

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Caño reseco de la fuente del Chorrillo, a la orilla de la antigua carretera nacional de Granada a Murcia, junto al barrio granadino de Haza Grande

 

Este verano de 2015 está siendo especialmente tórrido y seco. Tras un año tacaño en lluvias (y más aún en nieves), el campo echa lumbre en sentido literal. Los montes, absolutamente deshidratados, están siendo pasto de las llamas por toda España, una piel de toro reseca y agrietada. Siempre que llegan los rigores del verano, además de los incendios, me acuerdo de nuestras fuentes, muchas de ellas en los huesos o directamente secas. Para la ocasión, he rescatado un artículo en el que reproduje una conversación de hace años con un serrano sobre las causas de la desaparición de fuentes. En concreto, el artículo se publicó en La Sierra del Agua, 80 viejas historias de Cazorla y Segura (2012), una despensa de textos ya fabricados, que aligero para traerlos a este blog y darles nueva vida cuando pienso que pueden vienen a cuento. Bueno, ahí va el texto referido:

Las chicharras atronaban en la vega del Zumeta, mientras seguía el surco de espigas secas que iba dejando el Tío Juan. Sabedor de mi afición por las aguas, quería enseñarme un profundo desfiladero de pozas entre Santiago de la Espada y la aldea de Tobos.

—Este río es el Zumeta, que no lo conoce mucha gente, y que aquí hace frontera  entre Jaén y Albacete. A lo lejos, en el desfiladero, debajo de aquél puntal que le dicen el Salto de la Novia, está el sitio que quiero enseñarle. Allí, aparte de  nacer algo de agua, se formaban unas pozas hondas y peligrosas por los  remolinos y la fuerza de la corriente, incluso por este tiempo de calor (tras una buena caminata llegamos al precipicio que domina a vista de pájaro la corriente).   Ahora, ya se da cuenta lo que quería enseñarle. Da pena ver los chilancos. A las pozas se le ven las tripas. En mis tiempos mozos, las aguas eran oscuras y vigorosas, y era imposible acceder a ellas, salvo en años  de secas. Allí se metían las truchas más grandes. Ya ve, ahora el misterio ha desaparecido. ¡Adonde va el río de agua que había antes y el de ahora! Usted que está  estudiando esto de las aguas sabrá por qué están mermando tanto.

La pregunta me coge por sorpresa y desde luego sé que lleva intención. El Tío Juan tiene sus propias convicciones, maceradas y asentadas después de mucha observación de campo, y de largas tertulias de chimenea y taberna. Como científico tengo seguramente más dudas que él y temo no estar a la altura de sus expectativas, pero no puedo rehusar la pregunta. Además, el tema me preocupa y lo tengo fresco. Hace solo unos meses, cuando pintaba la primavera, me pasó algo parecido con otro serrano en la zona de Hornos. Ese día andaba buscando una fuente que intuía malamente por donde debía estar. A lo lejos divisé un cortijo en ruinas y una antigua roza y pensé que allí cerca podía hallarse lo que iba buscando. Llegué a la calva, un lienzo de riego de un par de hectáreas, hoy un duro pedregal salpicado de monte. Busqué la cabeza del agua y empecé a seguir lo que creía una vereda. Tardé algo en darme cuenta que junto a ella iba una antigua acequia de tierra, ahora desdibujada por la erosión y el monte que la tapaba. A unos centenares de metros me tropecé de bruces con una alberca, parcialmente cubierta de zarzas y espinos. Un poco mas arriba estaba la fuente que buscaba, el origen de toda aquella infraestructura hidráulica. Un hilillo de agua que apenas llegaba a correr. ¿Cómo era posible que aquél manadero pudiera circular antaño y, llegado el caso, ¿cómo la gente podía regar con él ese par de hectáreas?, y eso que me encontraba allí después de un invierno que había sido bueno en aguas.

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El campo se ha llenado de cadáveres de antiguas albercas y balsas de riego. Sin función alguna, se van desmoronando y cubriendo de monte poco a poco. Cuesta trabajo imaginar cómo podían almacenarse tantos metros cúbicos de agua en aquellos lejanos veranos, donde ahora todo es puro secanal, sin el más mínimo vestigio de humedad

 

Y como esos ejemplos del Zumeta y de Hornos se podrían citar cientos en estas sierras, muchos reflejados en antiguas escrituras de fincas, donde figuraban buenas fuentes y tierras de riego. Aquel día reflexioné, una vez más, sobre el asunto. Ahora, dando vistas al escondido chilanco del Zumeta empecé a desgranar mis cábalas ante el Tío Juan. Para entrar con buen pie, decidí comenzar por las razones más evidentes, las que sabía que esperaba oír.

Mire, la tierra se está calentando y ya no nieva como antes. Que las nevadas tenían en estas sierras un efecto muy beneficioso sobre veneros y fuentes. Las nieves se acumulaban en navas, torcas y «sorbeores», y ofrecían al terreno el agua poco a poco, sin desperdiciar más gota que la poca que se bebía el sol. Además, ya sabe, alimentaba los veneros cuando más lo necesitaban, que es en primavera. Pero no solo es que nieva menos, es que el calor también aumenta la sed del sol y de las plantas, que se la quitan a la tierra, y de ahí a las fuentes.

Y otra cosa. Ahora gastamos muchísima más agua que antes en riegos y en casas. Y para ello se están haciendo cientos de pozos, cerca y lejos, someros y hondos, ricos y pobres en aguas. Y poco a poco, vamos deshidratando la tierra. Y claro, tiene que llover mucho para que vuelvan a recuperarse los niveles a su ser por los rezumaderos y rompederos de toda la vida.

—En eso lleva usted mucha razón, que antes no se conocían por estos pagos  esas máquinas que hacen unos agujeros tan hondísimos. «Pa» mí que desde que  hicieron los sondeos de la Puebla, esto ha venido a menos, y eso que estamos  retirados.

Sin embargo Tío Juan, no estoy tan seguro que la causa fundamental de la seca de las fuentes sea que llueva menos que antes, porque juntando unos años con otros, y unos sitios con otros, no se nota tanta merma. Pero ni yo mismo estoy seguro de esto, que hay que darle más tiempo a la naturaleza para que enseñe la cara, que somos muy impacientes con esto del clima, y aún sabemos muy poco de él. Pese a esta coletilla de cautela, como me maliciaba, mi amigo hace una ligera muesca de desaprobación. Ya se sabe, para el que vive del campo «cada año llueve menos».

Pero hay más causas Tío Juán. ¿Cuando ha visto usted tanto monte y tan apretado como ahora? Ya no se hace carbón, ni se recogen leñas, ni el diente del ganado azota como antaño. Así, el monte se está apoderando de todo, y eso tiene efectos positivos, que duda cabe, pero que sepa usted que las fuentes someras las seca el monte, que de algo tiene que vivir.

Otra cosa más. Antes cualquier pedazo de tierra que podía se regaba, y parte del agua derivada desde nacimientos, arroyos y ríos se llevaba a balsas, acequias y tablares, y de las filtraciones vivían muchas fuentes más bajeras. Y todavía quedan mas causas. Antaño se cuidaban, se mimaban diría yo. Se limpiaban de brozas, se repasaban sus minas y sus encañados, y siempre lucían lozanas. Hoy, la mayoría están perdidas por la desidia del hombre, que ya no las necesita porque lleva la botella de agua en el Land Rover. Usted mejor que nadie sabe que cuando una fuente se reviene, por sequía o por pozos, corre peligro. Al bajar los niveles, las conducciones y atajeas quedan a merced de ratas, topos y otros bichos que las taponan, y eso cuando no se asienta la tierra y se cierran los antiguos pasos del agua. Y ocurre que al volver a subir el agua para buscar su salida de siempre se la encuentra taponada y circula por otros derroteros.

—¿Y dice usted que ahora no llueve menos? No sé, no sé. Yo creo que la culpa  la tiene el hombre con el cambio climático ese.

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