El último hielero del Chimborazo

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Hace unos meses, un amigo que sabe lo que me gusta, me rebotó un enlace a un vídeo de Vimeo  que contaba una historia sorprendente para el alocado mundo actual. Una historia, casi fósil, de épocas pasadas, de heroicidades y esfuerzos. Una de esas que acontecen a hombres anónimos todos los días a lo largo del ancho mundo. Yo a su vez pasé el enlace a otros amigos, pero ahora he creído que merecía la pena que «paisajesdelagua» se hiciera eco de ella. ¡Qué mejor paisaje que el majestuoso Chimborazo ecuatoriano y el modo de vida pegado a la tierra de un hombre curtido por el sol, el viento y el frío!. Ahí va su historia.

El Último Hielero del Chimborazo cuenta la historia de Baltazar Ushca. Con 67 años se gana todavía la vida (en el siglo XXI) arrancando hielos perpetuos del Coloso de los Andes, el Chimborazo (6.310 metros de altitud). Se inició en el oficio de hielero con 13 años, cuando todavía no existían fábricas de hielo y la única manera de saborear un helado en Riobamba era con el hielo del «Taita Chimborazo». Dos veces a la semana (los martes y los viernes), durante más de medio siglo, ha subido a esa montaña, la más alta de Ecuador, para cosechar el hielo de los glaciares relictos de las laderas de aquél volcán dormido.

Su periplo se inicia a las 5 de la mañana con la preparación de las acémilas de carga, su única compañía. Tras una hora de ascensión, llega a los pajonales de los páramos andinos, donde recolecta la paja que le servirá más tarde para empaquetar el hielo (como siempre se ha hecho allí) y evitar que se derrita. De nuevo, enfilando hacia las cumbres, sube hasta alcanzar el corte de hielo, su mina particular. Allí, armado de pico y hacha, arranca los bloques, que horas mas tarde llevará a la comunidad Cuatro Esquinas y al mercado de la Merced de Riobamba. Es difícil creer que un hombre de esa edad, y de sólo 1,5 metros de estatura, tenga la fortaleza suficiente para subir sólo a esas alturas y realizar ese trabajo en cualquier situación meteorológica durante todo el año.

Hace unas décadas, cerca de cuarenta hieleros se dedicaban a ese oficio en el mismo lugar. Baltazar,  subía con sus hermanos Gregorio y Juan, que se retiraron de la montaña sagrada, como todos los demás, para buscar un trabajo menos penoso y más estable. Ahora, con electricidad y fábricas que hacen hielo (la muerte de todos los neveros e hieleros del mundo), resulta increíble que todavía haya gente que saque algo para vivir de esa actividad relicta. Desde luego, el beneficio es mínimo, y ese oficio desaparecerá de los Andes cuando este hombre, y otros como él, regresen a la «Madre Tierra».

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