El embalse de las cenizas, el Tranco

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El Tranco desde la antigua ermita de la aldea de Bujaraiza, sepultada bajo las aguas del embalse

 

No, el artículo no va del arrastre de las cenizas de los incendios forestales al embalse, aunque los ha habido y grandes. Ya se lo estarán imaginando. Si, va de las cenizas de difuntos, a propósito del Día de los Difuntos, que se conmemora hoy, tras la costumbre de visitar en el día de ayer (Todos los Santos) los cementerios para recordar de forma especial a nuestros seres queridos. Una tradición que posiblemente vaya desapareciendo poco a poco al irse imponiendo cada vez más la incineración. Al final, se rendirá recuerdo a los difuntos allí donde suponemos que hoy se encuentran sus cenizas. Pues bien, todo esto viene a cuento con algo que me sucedió hace un par de años. Verán.

Fue un soleado y cálido día de finales de enero de 2016. Andaba en aquella escapada reconociendo sumideros y conductos kársticos que conectaran directamente con el nacimiento oficial del Guadalquivir, en pleno corazón de la sierra de Cazorla. Me movía con dificultad por un desnudo y afilado lapiaz, un calar reticulado de fracturas ensanchadas, aguzadas y profundizadas por la disolución de las aguas de precipitación. Aquel campo de piedras puntiagudas era un calvario para andarlo, al tiempo que se había convertido en una auténtica esponja, en una trampa hídrica, en un sumidero para las aguas del cielo. A vista de pájaro, por debajo de mi posición, se intuía la Cañada de las Fuentes, donde nacían las primaras aguas del Gran Río andaluz, las cuales daban lugar a una plateada cinta, que veía a intervalos tintinear entre apretadas pinadas. Absorto en el paisaje, me despertó de mi placentera ensoñación la palabra de Rufino, el sabio serrano que, junto a otros, me guiaba. Delante de una de aquellas rajas abiertas hacia las entrañas de la piedra caliza me dijo:

– ¿Sabes lo que me pasó en esta piedra? Te lo voy a contar, que te vas a quedar de piedra (los serranos siempre han sido aficionados a la fina ironía). Pues que un buen día encontré lo que parecía un regurgitado o una cagada de un animal. Quise saber si aquello era de mamífero o de pájaro, y más concretamente a qué bicho pertenecía, de forma que disgregué la papilla esperando identificar pelos, huesos o restos de comida. Pero, ¿sabes lo que encontré? Pues una grapa metálica, dentro de una gacheta marrón, que no era otra cosa que cartón reblandecido. Tardé un poco en hilvanar mis neuronas, para caer en la cuenta que aquello procedía de una urna de cenizas de difunto.   

 

Y mi amigo, sin esperar comentario alguno, como el que no da importancia a lo que acababa de contar, siguió con soltura por aquel mar de piedras encrestadas, que estaban para romperte la crisma si no tenías costumbre de manejarte por ellas. Como cualquiera puede imaginar, su comentario me trastornó, porque uno no va oyendo cosas del estilo cuando anda por el campo. Y con aquel comentario saltó la chispa de este artículo. En sucesivas salidas empecé a indagar y a rejuntar más informaciones “funerarias” de aquel valle del agua (y de otros), que como se sabe queda cerrado aguas abajo por la presa del embalse del Tranco, que en un artículo definí como el mar de las sierras de Cazorla y Segura (enlace al final del texto). Con el tiempo descubrí nuevas cosas y otras que imaginé. Fruto de todas esas placenteras “pérdidas de tiempo”, de las que tanto me gusta disfrutar alrededor del agua, es este artículo, uno más de esos que escribo por puro divertimento, con el deseo de que a algunos les entretenga y, de paso, les haga ver lo atractiva y polifacética que es el agua.

Cuando Rufino me previno de las cenizas de aquel calar, entendí al momento que quién las había echado allí sabía perfectamente lo que se hacía, que aquello no había sido casual. En más, imaginaba que el susodicho tenía conocimientos de aguas subterráneas y del ciclo del agua. Eso sí, me debatía si el experto había sido el esparcidor o fue el mismo fallecido el que trasmitió en vida sus últimas voluntades. En cualquier caso, me congracié en la distancia con el anónimo ideólogo y comprendí perfectamente lo que pretendía. Llovía sobre mojado en mis convicciones sobre ese postrero viaje hídrico. En la primera página de La Sierra del Agua, una colección de viejas historias de estas montañas, José Laso, otro sabio serrano de aquellas inmensidades, en este caso de la sierra de Segura, dejó escrito (2011) “Cuando muera quiero hacerlo junto al agua/Quiero escuchar sus llantos de alegría/Quiero ser como ella, la madre de la vida/Quiero fundirme en agua para ser viajero eterno”.

Muy común ese deseo de José, que comparten tantas personas a lo largo del mundo, de ahora y de siempre, de civilizaciones antiguas que consideraron que las aguas de las montañas y de los mares eran sagrados camposantos. En el prólogo de Manantiales de Andalucía, Rafael Fernández Rubio, otro amante impenitente del agua, escribió (2008) “No te olvides de aquello que así debió escribirse: aguas eres y en agua te convertirás, porque en ti lo que no es agua es polvo, y como polvo poco valor tienes” (el cuerpo humano está compuesto por agua en un 60 %). Así pues, la realidad es que nuestra agua corporal volverá a incorporarse al ciclo del agua, de una u otra forma. El “polvo”, las partículas minerales, ese otro 40%, terminarán siendo arrastradas igualmente por el agua o alimentando a otros seres vivos. El sentimiento de retornar a la “Tierra” es universal, si bien, cada vez toma más fuerza el deseo del retornar al “Agua”, especialmente de mares y océanos, que representan muy bien la grandeza y la belleza, pero también de ríos, lagos, lagunas, humedales, manantiales o más recientemente embalses.

Ahora bien, que el destino de las cenizas sean cuevas, simas o conductos subterráneos es más extraño, aunque se da. Bien pensado, no me disgusta la idea, a fin de cuentas es remontarse a la cabeza del ciclo terrestre del agua, donde los sumideros alimentan los nacimientos, que a su vez son el origen de ríos, que a su vez van a morir a la mar en palabras del poeta. No obstante, una cosa es ese idealizado recorrido poético y otro el camino más probable en nuestros días. Hoy los ríos tienen mil obstáculos, de forma que muchas de sus aguas y sedimentos apenas tienen posibilidades de llegar a la mar. Como bien sabemos, una sucesión de embalses, sobre todo, pero también de presas, azudes y derivaciones de mil tipos se interponen en su camino hasta dejarlos incluso secos en ciertos tramos y épocas, sin hablar de la ignominia que representa la sucia contaminación. De esa forma, ese deseo sublime de que las cenizas viajen libremente por ríos salvajes, cristalinos y puros hasta la mar, cerrando el gran y postrero viaje terrenal se ha convertido en una ilusión, que solo puede cumplirse en unos pocos y privilegiados cursos fluviales españoles de corto recorrido. Lo más probable, si uno no se anda con cuidado, es que, por el contrario, las cenizas queden finalmente esparcidas en campos de cultivo, mezcladas con aguas residuales o sedimentadas entre los sucios fangos de un contaminado embalse de la cuenca baja. ¡Vaya panorama!

Y, ahí quería llegar, a los embalses, y mas concretamente al de las cenizas del calar de este artículo, que no es otro que el del Tranco, ese precioso mar del Alto Guadalquivir, en las sierras de Cazorla y Segura. Un verdadero mar de interior que recoge las primeras, puras y vigorosas aguas, que escurren de calares y pinares para originar el gran río andaluz por excelencia. Y que no vengan los escrupulosos a decir que esas aguas del Guadalquivir naciente no están para echar las cenizas de nadie (les doy la razón solo en ciertos ambientes hídricos cerrados, frágiles y vulnerables, pocos lugares), cuando esas humildes ceniza apenas suponen una microscópica millonésima parte de las procedentes de los incendios que desde siempre afectaron a su cuenca. Fuego purificador, por otra parte, que siempre sirvió para revitalizar la Naturaleza, cenizas de todo lo vivo, cuyo destino es ser arrastradas en gran parte por las aguas, para incorporarse como nutrientes a otros seres vivos, en un ciclo casi tan antiguo como el del agua.

El embalse del Tranco, el mar del Alto Guadalquivir, un mar serrano de puras y   cristalinas aguas azules, entre verdes pinares y blancos calares

 

Volviendo al embalse del Tranco, la realidad es que desde que cerró compuertas en el año 1944, sus aguas se convirtieron en sepultura de muchos serranos. Un número seguramente elevado desde enterramientos antiguos, restos que hoy yacen bajo las aguas de los valles inundados. Y más recientemente a través de las cenizas aventadas al aire en altos voladeros, esparcidas en la tierra junto a viejas cortijadas, o depositadas en aguas queridas. Cenizas de serranos que nacieron en estas montañas, pero también de amantes de estas sierras, que se cuentan por millares. De esta forma, lo que viene ocurriendo es que para muchos, ese mar cristalino y azul, entre verdes pinares y blancos calares, se ha convertido en su mar particular. La mar apenas ha tenido vinculación emocional con estos duros hombres y mujeres de interior. Las nuevas generaciones, la mayoría emigradas, ya son otra cosa, pero creo detectar en esos descendientes una vuelta sentimental a las montañas, aunque se viva alejado de ellas en grandes ciudades. Las montañas siguen teniendo un enorme poder de atracción, ofreciendo sensaciones de paz y de pureza, territorios sagrados donde el alma se esponja y sosiega. Altos picos, oteaderos, valles, fuentes, ríos y aldeas abandonadas que son privilegiados retiros donde el corazón se sobrecoge con más facilidad, o donde para los creyentes el Creador se manifiesta con más intensidad. Y es precisamente aguas abajo de parte de esas sierras de Cazorla y Segura donde se encuentra este mar del Tranco, un plácido horizonte de aguas azules, donde descansar la vista y echar a volar recuerdos y oraciones hacia los seres queridos, cuyos restos imaginamos que descansan allí. Y exactamente lo mismo que para el Tranco podría decirse de otros embalses de esta inmensa Sierra del Agua (650.000 hectáreas), entre ellos el de la Fuensanta y el de Anchuritas en el río Segura, La Vieja en el río Zumeta o la Bolera en el río Guadalentín.

Cuando de tarde en tarde paso por el Tranco, descanso la vista por las amables aguas, pensando que bajo ellas, en sus orillas, ensenadas, islas y colas reposan simbólicamente los átomos de muchos serranos y gentes que amaron y quisieron a estas hermosas sierras. Partículas minerales transformadas también en seres vivos. El pasado mayo, extensas playas, cubiertas de agua en otras ocasiones, aparecían cubiertas por bellísimas praderas de margaritas amarillas. Quise entender que aquellos miles de pequeñas flores eran una señal. Y allí me quedé buen rato contemplándolas en silencio, como el que se sienta en el banco de una iglesia a rezar.

Cola del río Guadalquivir en el Tranco en esta pasada primavera (28 de mayo de 2018)

 

No querría finalizar este artículo, que para algunos pueda haber resultado triste, sin ofrecer un canto a la alegría, a la la belleza y, sobre todo, a la esperanza. Lo hago con agua, con un vídeo de Manuel González sobre el AGUA de estas maravillosas sierras de Cazorla, Segura, las Villas, y todas las aledañas, un conjunto montañoso que denomino la Sierra del Agua (vídeo)

 

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